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Matrimonio, base sólida de la familia.

Matrimonio, base sólida de la familia.

Donde hay amor solido no puede haber abortos. El matrimonio nos lleva a la realidad del amor que es Dios mismo.

La fe y prácticas que la Iglesia Católica realiza en el Sacramento del Matrimonio se fundamentan en Dios mismo, quien a través de la Escritura y Tradición de la Iglesia nos ha dejado conocer su Buena Nueva sobre el matrimonio.

Siempre escuchamos decir que la familia es la base de la sociedad, pero pocas veces nos damos cuenta conscientemente de que el matrimonio es a su vez la base sólida en la cual se cimienta la familia.  Múltiples estudios sicológicos y sociológicos, demuestran claramente que el elemento que más afecta a los hijos, positiva o negativamente, es la calidad de la relación que llevan los padres.  Si entre ellos hay constantes discusiones, peleas, insultos y, malos tratos, o si simplemente se ignoran y no llevan una relación abierta, amorosa y sana, los hijos crecen inseguros, inestables y  hasta rebeldes. Es más si la relación de los padres es una de armonía, amor, respeto y comunicación positiva y afectiva, los hijos crecen estables, serenos y felices. 

No pretendemos decir que tenemos que tener una relación de pareja “perfecta” para tener una familia estable y feliz.  Todos somos humanos y en ciertos momentos cometeremos errores.  Es por ello que las Sagradas Escrituras, el Catecismo de la Iglesia Católica y múltiples documentos eclesiales y teológicos nos indican la importancia del matrimonio para la familia, la iglesia y la humanidad. Al meditar en esta realidad nos damos cuenta de que si el matrimonio, está sólido, la familia está bien; y si la familia está bien, la sociedad está mucho mejor.  La enseñanza de la Iglesia nos muestra que el matrimonio -la unión del hombre y la mujer en una sola carne, unidos en el amor eterno de Dios- es el reflejo vivo del amor de Dios en la tierra.

Por ello, es fundamental que si la pareja quiere tener una familia sólida, estable y feliz, debe  primero trabajar en desarrollar una relación conyugal sana, donde reine el respeto mutuo y que el amor entre los dos sea el vehículo para ofrecer a los hijos un ambiente propicio donde haya  paz. 

Raíces bíblica del matrimonio

Desde sus primeras páginas el matrimonio aparece como un tema importante entre las revelaciones de Dios a la humanidad. Así, En el antiguo testamento:

El matrimonio está entre los planes básicos y originales de Dios para la humanidad:

Fuimos creados hombres y mujeres para que pudiéramos amarnos en pareja  (Génesis 1, 27-28). Pero además, esta capacidad de amor y relación es, en su realidad misma, el signo que refleja que somos parecidos a Dios, o a Imagen de Dios, que es Amor (Gn. 1, 27; Mt., 19,4; Icor, 11,7, etc.).

Gracias a este don que nos constituye y define, la pareja humana, más que cualquier otra pareja de creaturas, puede aspirar a la máxima aventura o vocación posible para un ser: no sólo encontrarse con otro para establecer amistad o recibir un servicio, sino para “ser pareja”, es decir, salir de sí mismo y entregar todo lo que se tiene de más íntimo, para formar una comunión de vida y amor, o matrimonio: “Por eso el hombre abandonará a su padre o a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (Gn. 2, 24).

Es claro entonces que el amor y la sexualidad son para los humanos “bendiciones” que nos libran de la soledad (“no es bueno que el hombre esté solo”, Gn 2, 18), y nos posibilitan encontrar en la persona de otro género a alguien a nuestro mismo nivel (“esta si es hueso de mis huesos y carne de mi carne” Gn. 2,23).

Gracias a ello, hombre y mujer pueden ser el uno para la otra el compañero o compañera de conquistas y logros, y sobre todo, la pareja con la cual podemos abrirnos al milagro de la procreación: “Y los bendijo Dios diciendo: ‘Sean  fecundos y multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar, a las aves del cielo y a todo ser viviente que se mueve sobre la tierra” (Gn 1, 28)

Sólo el pecado introdujo problemas y limitaciones al amor matrimonial que Dios diseñó originalmente para la pareja:

El pecado, que rompió el equilibrio original y alejó al hombre de la voluntad de Dios, estableció también una ruptura en la comunión original entre hombre y mujer. Como lo expresa el capítulo 3 del Génesis, la que acababa de ser reconocida como la compañera ideal es ahora acusada por Adán como la culpable de su caída. Y lo que antes era compañía y relación solidaria, se degradará a sometimiento del hombre sobre la mujer y dependencia emocional y miedo de parte de la mujer. (véase, Gn. 3, 7-13). Es decir, el pecado es la razón de la desconfianza, de la falta de solidaridad, de los celos, de los abusos y toda falta de respeto y verdadero amor que desde entonces vienen sufriendo los matrimonios.

Por efecto de este pecado aparecerá también en Israel la poligamia entre reyes y patriarcas. Moisés permitió igualmente el divorcio por la “dureza del corazón” de los hombres (Véanse, Deuteronomio 24,1 y Mateo 19,8).

Sin embargo,  aunque afectado, el matrimonio siguió siendo  considerado en Israel como un bien para el ser humano:

La entrega incondicional que supone el matrimonio es usada en el Antiguo Testamento como el símbolo de la entrega exclusiva y amorosa de Dios a su pueblo a través de la Alianza: “Yo te desposaré para siempre. Justicia y rectitud nos unirán, junto con el amor y la ternura. Yo te desposaré con mutua fidelidad, y así conocerás quién es Yavé” (Oseas, 2, 21-22.) Véase también, Jeremías, 31,31-34,

Los profetas ayudaron igualmente al pueblo a entender que Dios no quería la separación entre esposos (Véanse Oseas 1-2; Isaías 54 y 62; Jeremías 2-3 y 31; Ezequiel 16 y 23; Malaquías 2,13-17).

Los libros de Ruth y Tobías dan testimonio de la belleza e importancia de la fidelidad y la ternura dentro del matrimonio, y el libro del Cantar de los Cantares hace una poética presentación del amor de pareja que en su intensidad y pasión sirve de símbolo del amor de Dios por su pueblo.

En el Nuevo testamento

Cristo restauró el orden perdido y le devolvió también al matrimonio su sentido original:

En el Reino de Dios, donde cada cual debe amar al otro como a sí mismo, la entrega total y fiel de los esposos es de nuevo una realidad posible (Véase, Mateo 19,3-6; Ef. 5,31, 1Cor 6,16).

Sólo la muerte separa a quienes se aman con el Amor que Dios les da. (Mt 19, 6).

Pero además de restaurar el orden perdido, Cristo inició una nueva era para el amor:

Cristo, que se hizo una sola carne con la humanidad y pudo amarnos hasta el extremo (Jn. 13, 1) hizo que las parejas que viven de su amor puedan amarse como El ama: “Puesto que Dios los ha elegido a ustedes, los ha consagrado a él y les ha dado su amor, …. tengan amor que es el vínculo de la perfecta unión” (Col 3, 12-14); “Es decir, “Quien está lleno de Cristo ama como El, en fidelidad y totalidad. De este modo, lo que Cristo une no lo separa nada ni nadie. Así el compromiso matrimonial queda basado no en una decisión humana que puede estar sometida a la fragilidad de nuestras decisiones, sino en el poder mismo del amor de Cristo que obrando en el corazón de los esposos los hace amarse como El mismo nos ama. Quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en El “ (1Jn 4,16).

Por eso, el amor que ahora se profesan los esposos cristianos ha sido elevado a la dignidad de ser, no sólo imagen del amor de Dios, sino también “sacramento” o símbolo real y tangible de la entrega misma de Cristo en la cruz. Así lo explica San Pablo cuando dice a los esposos: Así como Cristo ama a su Iglesia y da todo de sí para hacerla santa, así también los esposos deben amar a sus esposas.” (Efesios 5, 25-26) Y también las esposas deben amar a sus esposos como Cristo ama a su Iglesia  (Véase Efesios 5, 22-23).

 “Las bodas  iniciadas por El Cordero” (Apocalipsis, 19, 1. 5-9) son pues un camino claro de santidad para la pareja (Carta de Pedro, 3, 1-9), y una forma de hacer que otros conozcan a Dios y se decidan también por su amor: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado. En esto conocerán todos que son mis discípulos: en que se aman unos a otros” (Jn. 13,35 y 1Jn 4, 7-12)

Colaboradores de redacción: Elia Merlos y, Dora Tobar

www.quiervivir.info   ALIANZA CON DIOS POR LA VIDA.

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